SI EL 27.7 ? LATINOAMERICANOS SON EVANGÉLICOS ¿QUÉ TANTO INFLUIMOS?
Sea en el ambiente laboral, político, profesional o de la índole que sea, si no somos "esos que trastornan el mundo" (Hechos 17:6b); le estamos haciendo un flaco favor a nuestros países.
La semana pasada se dieron a conocer los resultados de la «primera encuesta de afiliación “Creencias y Prácticas” religiosas en Latinoamérica, realizada por la encuestadora M&R Consultores, donde revela que la población se divide en tres grandes grupos; católicos, evangélicos y creyentes sin denominación. El estudio corresponde a la Primera Ola del 2024, y ha sido realizado en 16 países de Latinoamérica», informó Evangélico Digital.
«Raúl Obregón, presidente de la encuestadora, explicó que este estudio se realiza en Nicaragua desde hace cinco años y ahora se ha expandido a varios países de Latinoamérica... La encuesta indica que el 36.2 % de los entrevistados expresan que son católicos; el 31 % se denomina como sin afiliación; y el 27.7 % se autoidentifica como evangélicos o protestantes; un 5.1 por ciento de personas se denominan no creyentes (agnósticas o ateas)», publicó ED.
La nota ofrece otros interesantes datos que dan para un amplio análisis de lo que acontece en el ámbito espiritual en nuestro continente, la cual invito a leerla en nuestro portal latinoamericano. Nosotros sólo analizaremos lo concerniente al 27.7 % de población evangélica y qué tanto ha influido esa creciente cifra en la América Latina de hoy.
Cuando nuestro Señor, minutos antes de ascender para volver a sentarse en su trono, nos encomendó la Gran Comisión: «Vayan, pues, a las gentes de todas las naciones, y háganlas mis discípulos; bautícenlas en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, y enséñenles a obedecer todo lo que les he mandado a ustedes. Por mi parte, yo estaré con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo» (Mateo 28:19-20); dejó de manera tácita todo lo que ya había dicho: predicar el evangelio del reino, sanar, liberar y hasta resucitar en su nombre.
El problema se produce cuando en vez de hacer discípulos, sólo hacemos asistentes a nuestras congregaciones, crecemos numéricamente, pero sin una vida fructífera que afecte no sólo nuestro entorno social, sino a nuestra sociedad (ciudad y país). Y eso es exactamente lo que está pasando en muchas de las iglesias de nuestro continente, las cuales se comportan como si el Señor hubiera dicho: «vayan y hagan iglesias», en vez de «hacer discípulos».
Cuando como cuerpo de Cristo sólo nos dedicamos a evangelizar, sanar y liberar a las personas, pero no los hacemos discípulos, que es lo que más exige tiempo, sacrificio y paciencia, y que son pocos quienes están dispuestos a hacerlo; entonces nos estamos llenando de «evangélicos», pero de pocos discípulos.
Un evangélico por religión es poco lo que aporta a la sociedad, a veces más bien es «de tropiezo» a los no creyentes, porque al no ser discípulos, simplemente no reflejan la vida de Cristo en ellos que es en realidad lo que impacta positivamente a nuestras naciones con el evangelio del reino que «es poder de Dios para la salvación de todo aquel que cree».
La Iglesia Latinoamericana alcanza hoy 27.7 % de la población, pero deberíamos preguntarnos: ¿qué tanto hemos influido en los diferentes estamentos de nuestra sociedad y sus instituciones? Es cierto que en la actualidad por donde uno va se topa con uno o más cristianos, pero ¿qué tanto hemos podido cambiar nuestro ambiente de trabajo y, por ende, nuestra nación? Si somos sinceros, responderíamos: ‘¡muy poco!’.
Fuimos regenerados por el Espíritu Santo cuando nacimos de nuevo en Cristo, pero necesitamos pasar de ser simples creyentes a verdaderos discípulos y dar abundante fruto, que es lo que glorifica al Padre celestial (Juan 15). Si no transformamos nuestro modo de pensar y actuar conforme a la Palabra de Dios es poco lo que aportaremos a nuestras naciones, seremos evangélicos (por religión), pero no discípulos genuinos que transforman su vida para transformar a la sociedad.
‘Transformación’ en la Biblia tiene una profunda connotación, no habla de un simple cambio, sino de una verdadera transformación espiritual, una que se produce en nuestro ser interior y exterior, y de nosotros pasa a nuestra familia y a cualquier área de la sociedad, cambiando nuestro entorno y las diferentes instituciones de nuestra nación; eso es lo que el Señor espera de cada uno de nosotros.
Urge que nos comprometamos a ser fieles discípulos de Cristo (seguidores y servidores del Señor 24/7) porque nuestras naciones necesitan ser discipuladas y no sólo evangelizadas. Hasta ahora nos hemos dedicado más a evangelizarlas que ha cimentar a los creyentes en la fe hasta convertirlos en verdaderos discípulos del Señor. Un discípulo es portador no sólo de las buenas nuevas de salvación, sino que es un agente de cambio, influye positiva y poderosamente en el ambiente en que se desenvuelve a diario, impactándolo de tal manera que produce cambios para bien.
Sea en el ambiente laboral, político, profesional o de la índole que sea, si no somos «¡esos que están trastornando el mundo entero...!» (Hechos 17:6b); entonces le estamos haciendo un flaco favor a nuestros países, pues no somos unos genuinos representantes del reino al que pertenecemos. Difícilmente quien no es un discípulo podrá discipular a su entorno y cambiar las circunstancias, puesto que un genuino discípulo no se amolda al mundo, sino que lo influye y transforma.
En mi condición de pastor veo a diario creyentes de la congregación que pastoreo y de otras a quienes sólo se les conoce como ‘cristianos de años’, pero que en poco o nada han influido en el ambiente en el que se desenvuelven; por el contrario, más bien se amoldan a las circunstancias aun cuando estas van en contra de su fe, desatendiendo de esta manera lo que nos aconseja el apóstol Pablo en Romanos 12:2.
Vemos así a ‘cristianos de años’ en el gobierno, parlamento, empresas, institutos educativos, entre otras instituciones, que callan ante injusticias, ideologías antibíblicas, planes y programas sectaristas, etc.; quienes por estar más pendientes de un salario y de cuidar su cargo -más que su testimonio- han entregado su autoridad, su comisión y llamado divino de ser discípulos de Cristo; verdadera «sal y luz del mundo».
Dios ha prometido derramar un gran avivamiento en Latinoamérica, por esa razón debemos reflexionar y revisar nuestra conducta, y vida espiritual a la luz de las Sagradas Escrituras, recordando que «quien se hace amigo del mundo, se constituye en enemigo de Dios». Los discípulos son amigos del Señor y, por lo tanto, enemigos del mundo, sus sistemas e ideologías.
Desde la Reforma del siglo XVI fuimos conocidos mundialmente como «protestantes», no sólo por levantar nuestra voz de protesta contra lo antibíblico, sino contra sistemas opresores, esclavistas y supresores de la justicia social, aun a costa de sus propias vidas. Los reformadores, literalmente, reformaron el mundo entero, porque se convirtieron en genuinos discípulos de Cristo y no en ‘cristianos del montón’.
Es hora de trascender por sobre el ilusorio 27.7 % que muy poco ha hecho por nuestras naciones y pasemos de ser cristianos pasivos a verdaderos discípulos de Jesucristo. Seamos protestantes contra lo que nos oprime política, religiosa, social y económicamente, porque llegó la hora ineludible de discipular nuestro continente; de pasar del activismo y los interminables congresos y convenciones a la regeneración y transformación de un continente que ha tenido más de 500 años de religión «cristiana», pero muy poca relación con Cristo.
¡Apreciados 27.7 % de evangélicos latinoamericanos!:
«Hagan esto conociendo el tiempo, que ya es hora de despertarse del sueño, porque ahora la salvación está más cercana de nosotros que cuando creímos. La noche está muy avanzada, y el día está cerca. Despojémonos, pues, de las obras de las tinieblas y vistámonos con las armas de la luz. Andemos decentemente, como de día; no con glotonerías y borracheras ni en pecados sexuales y desenfrenos ni en peleas y envidia. Más bien, vístanse del Señor Jesucristo y no hagan provisión para satisfacer los malos deseos de la carne» (Romanos 13:11-14).






